domingo, 7 de agosto de 2011

Simplemente Amor

¿Por qué haces esperar al amor? Hace rato que está al lado de tu puerta y aún no te dignas a dejarlo entrar…
¿Acaso no te has dado cuenta de que el amor ha pasado mucho tiempo contemplando tu ventana en espera de tu figura? ¿Por qué no le abres la puerta y le invitas a tomarse un café mientras charlan sobre el esplendor del más bello instante?





Tocar el cielo es fácil:
hay que vivir del amor y para el amor.

Hay que amar cada segundo en el que tenemos la oportunidad de vivir, puesto que es allí en donde apreciamos la grandeza del universo.
Debemos amar incluso lo que a ratos no se nos hace muy agradable, ello le pone cierto “picante” a nuestra existencia y nos recuerda que no todo en este mundo debe ser como nosotras queremos que sea.
En muchas oportunidades, se nos pasa por alto o nos puede parecer “tonto” e “inadmisible” amar tareas a las que no les damos mayor relevancia como el comer. Sin embargo, ello en si ya es una bendición que amar: podemos sentir el olor, el sabor, el gusto y las texturas de los alimentos; podemos ver los colores y tenemos el placer de consumir algo que es de nuestro gusto. En fin, en ese acto tan sencillo asistimos a una danza de los sentidos en la que bailan nuestras percepciones,  sensaciones y evidenciamos la grandeza de ser humanas.
Amar parte de lo sencillo de la cotidianidad. Pero resulta paradójico que pareciera que sólo en fechas especiales queramos demostrarle a los demás cuanto les amamos… Quizá vivimos imbuidas por una rutina o un miedo a la expresividad que sólo nos permite regalar migajas y cortos instantes de amor… Pero lo cierto es que NADIE merece migajas ni cortos instantes…

Regalamos presentes con el ánimo de querer demostrarle a alguien que le amamos, pero se nos olvida demostrar ese sentimiento a diario, cuando tenemos la posibilidad de llenar su corazón a partir de las bienaventuranzas de lo inesperado. No hay nada sorprendente en que te regalen una golosina o una valorizada joya: ambos son objetos sin vida, dotados de una frialdad que a veces resulta desgastante. Estos objetos no representan en nada al amor, sólo dejan entrever una cultura en la que prima lo material sobre los sentimientos, en la que debemos dar presentes casi por “obligación” y qué problema se nos arma si no damos algo que esté a la altura de la situación… Nos vemos obligadas a dar un regalo de vuelta, pues si se me dio un presente, yo también debo hacerlo, debo devolvérselo.
¡Y no! ¡Definitivamente no! No hay magia en este tipo de detalles prefabricados y cuidadosamente pensados para no levantar una mala acción del “qué dirán”.
Ningún objeto por costoso que sea, podrá llenar un alma, la felicidad no se regala en forma de autos, ropa o chocolates.
La felicidad se regala en forma de besos, abrazos, susurros, caricias y sentimientos. Esto sí configura un verdadero regalo, puesto que con esto regalamos un pedacito de nosotras, que sólo nosotras podemos entregar de forma calurosa y desinteresada… Esto, no puede adquirirse con todo el dinero del mundo…
Pulsa en la foto para verla AMPLIADA
Todos los días, la apuesta es amar desde lo cotidiano y entregar algo de nosotras mismas, algo que no esté afuera y no pueda comprarse, algo lleno de amor y no de obsolescencia:
entrega simplemente amor.
¡Hagamos el Amor y la Amistad
con cada cosa de nuestras vidas hoy,
mañana y siempre!

Aunque no sea contigo

A veces se nos olvida que cuando nos enamoramos, en el paquete también nos incluyen una cláusula de libertad que asevera que él también puede ser feliz sin nosotras, que tiene el derecho de dejar de amarnos si así lo desease, y que las decisiones de nuestra pareja han de ser respetadas.
Sin duda, es difícil asimilar que el hombre a quien amamos ya no quiera volar a nuestro lado y esté anhelando abrir su espacio a otros destinos en los que no nos encontramos nosotras, por lo menos de la forma en que quisiéramos. Pero sucede.


No hay palabras que expresen la tristeza y la frustración que puedes llegar a sentir ante este tipo de despedidas, siempre te andas preguntando “¿En qué fallé?  ¿Acaso no soy digna de su amor? ¿Qué tiene esa otra persona que no tenga yo?”.
-
Pero la verdad es que no siempre debe existir un tercero que “robe” el amor que hasta ahora era nuestro, sino que a veces las circunstancias se confabulan para que el amor romántico se rompa y se marche con la cabeza agachada al rincón del olvido.
Muchas veces escogemos continuar con este tipo de relaciones, aún reconociendo que el sentimiento que nos unía a él ya no es el mismo. Seguimos caminando en círculos, intentamos dejar atrás lo acontecido y queremos avanzar, sin embargo y a pesar de cambiar de rutas, muchas veces nos encontramos con un inmenso letrero que nos recuerda aquel nombre que ni siquiera queremos pronunciar.
¿Cómo dejar atrás el recuerdo cuando cada calle te evidencia la existencia de ese ser? ¿Cómo olvidar cuando sin saberlo, otras personas te hablan de ése ser y te cuentan episodios de su vida que tu desconocías? ¿Cómo creer que podemos dejar de recordar cuando al despertar, tu primer pensamiento se desvía hacia ese amor con el que ya no puedes estar?
No hay respuestas que el tiempo no conozca, todo llegará a su momento, pero lo que sí podemos hacer es lidiar con el dolor de la separación aunque a veces sintamos que la decepción se apodera de nuestra  alma y creamos que todo se torna oscuro, insoportable y lacerante. Un buen paso es reconocer que a veces el amor se desgasta sin razón o por descuido, nada es para siempre y por ello no hay buscar culpables ni explicaciones, sino aceptar con valentía que cuando los caminos del amor se bifurcan, es muy difícil volverlos a unir, por lo cual debemos aceptar que la persona que amamos ya no esté con nosotras.
Esto no es sencillo…
Debemos dejar atrás a alguien que aún amamos, pero debemos enfrentarnos a la situación y en primer lugar, vaciar nuestra alma de sentimientos oscuros y ser altruistas realizando un auténtico acto de valor: desear el bienestar de la persona que amamos por encima de todo lo que haya pasado, enviándole cajitas de  felicidad y buenos augurios, incluso, llegado el caso, debemos bendecir a la persona que ocupa los sentimientos del ser que amamos, ello es prueba de que cada instante que vivimos al lado de la otra persona fue una manifestación de amor sincero y desinteresado, ya que no hay nada más bello que el amor que se expresa en su naturaleza pura, aquel que elige que  aunque no sea a mi lado y aunque no sea conmigo, deseo que estés feliz y te sientas pleno, que la paz y sabiduría reconforten tu alma y te regalen el don del amor, para que algún día –o para que hoy- disfrutes de la entrega de un corazón leal que te ame incondicionalmente, como el que yo misma pretendí entregarte”.
Y si somos capaces de sacrificar nuestro bienestar en virtud de otros, también tenemos que ser capaces de ir en búsqueda de nuevos  senderos para nuestros pasos, de ahí que debamos tenernos toda la paciencia y darnos todas las oportunidades del mundo, puesto que nuestra vida no termina en un amor que no fue correspondido… sólo porque alguien ya no te ame como tú quisieras que lo hiciera, no quiere decir que no lo haga, como tampoco quiere decir que no puedas encontrar a alguien que  corresponda a ese amor que tienes para entregar.
Si se cierra una puerta, se abren muchísimas porque ya no dejas tu mirada tan concentrada en el mismo punto. Sin embargo, la tristeza y el encaprichamiento sólo nos permiten ver la puerta cerrada. Eres una mujer privilegiada, conoces el verdadero significado del amor, sobrepusiste el bienestar de la persona que amabas al tuyo, y ya es hora de que pienses en ti y tomes las riendas de tu vida.
Las heridas pronto sanarán y tendrás la satisfacción de haber hecho lo correcto. Deja que el viento se lleve las cenizas de lo que no fue. Seguro pronto encontrarás a alguien que quiere que estés en su corazón y que no salgas de allí jamás…
Autor: Lluvia.
Pulsa sobre la foto para verla ampliada y poder compartirla

La esencia del perdón

¿Siempre hay que perdonar? ¿Por qué perdonar a alguien que no merece recibir perdón? ¿Hay que perdonar?
El perdón es algo que se debe ofrecer libre y voluntariamente, pero perdonar no sólo le hace bien a quien recibe el perdón, el perdón es especialmente bueno para quien es capaz de dejar atrás los rencores del pasado…


Hace unos días escuchaba a alguien hablar acerca del perdón, según su opinión, no hay porqué perdonar a todas las personas que nos lastiman, ya que ello sólo representa una carga moral que nuestra sociedad nos ha autoimpuesto. Que esa necesidad de perdonar nos “lava el cerebro” y que, nosotras mismas, como dueñas de nuestros sentimientos, debemos ser libres de perdonar o no.
Y es cierto, somos dueñas de nuestros sentimientos, por ende tenemos la capacidad de decidir con qué queremos quedarnos y con qué no. Lo que debemos preguntarnos es si nuestro corazón merece vivir oscurecido por el desgastante veneno del rencor, o podemos sanar nuestras heridas de una forma en que el tiempo nos ayude a madurar y crecer en la morada de la paz. No se trata de que seamos  hippies trasnochadas y vivamos deseando paz y amor. Hay cosas que al marchitarse jamás vuelven a florecer, hay cosas que se rompen y jamás podremos, hay cosas que, por nuestro bienestar, es mejor dejarlas en el pasado…
Tenemos el deber con nosotras mismas de permitirnos ser felices, pero lo más seguro es que no lo logremos si aún los sentimientos de tristeza, decepción, rencor y rabia perduran en nuestra alma.
Hay una razón básica para perdonar:
el sentirme bien y vivir bien”.
Si lo reflexionas por un momento, el acto de perdonar no se basa tanto en quitarle un peso de encima a quien nos lastima, porque ellas, sea como sea,  seguirán viviendo o mal viviendo, su mundo no se acaba ahí. Más bien, el perdón es un acto que nos beneficia directamente a nosotras mismas, las que perdonamos: ya no tenemos rencores que llenen de obstáculos nuestro sendero, tenemos un corazón inmenso en donde sobra el amor y la sensatez y, como valor agregado, hemos empezado a manifestar que en nosotras hay un pedacito de ese don que en muchas escasea: sabiduría.
Y esa sabiduría es la que nos posibilita otorgar –y otorgarnos- un perdón sincero, no un perdón en apariencias como suele suceder. Entonces, nos encontramos con personas que dicen “perdonar” de un día para otro, pero sus intensiones son simplemente las de usar al perdón como una herramienta de superioridad: “yo soy mejor que tú, por eso es que te perdono”, pero en realidad, estas personas no sólo intentan hacerle daño a quienes fueron sus agresores, esperando el momento perfecto para vengarse o clavar la puñalada traicionera, también intentan hacerse daño a sí mismas asumiendo una posición de víctima en la que es “legítimo” el deseo de  vengarse.
Pero esta no es la esencia del perdón… Perdonar es una experiencia tan sublime que lejos está de acercarse a los linderos de las apariencias, la traición, los moralismos o la venganza. El perdón suele adornarse de la tranquilidad del tiempo y de un corazón sosegado por la esperanza y la fe. Podemos perdonar desde la distancia e incluso podemos hacerlo sin que el o la otra se entere de ello.
La decisión está en nosotras, total, somos dueñas de nuestros sentimientos, podemos elegir quedarnos en el árido desierto de las desventuras  o crear nuestro propio oasis de sabiduría y amor, en el que seguro no extrañaremos el dolor que nos ocasionó alguien que decía amarnos.
Lluvia.
Pulsa sobre la foto para verla mejor y ampliada